Y luego llega el momento de volver a caminar
El camino nunca te abandona realmente. Descubre por qué siempre regresa el impulso de partir de nuevo y cómo responder a esa llamada eterna del peregrino.
A Piedi Per Il Mondo

En este artículo
Existen muchas buenas razones para ponerse en camino, algo que ya todos sabemos, desde mantener la forma física hasta el puro placer de viajar, desde conocer gente nueva hasta alcanzar un objetivo determinado: cada partida siempre va acompañada de grandes deseos y aspiraciones.
Pero cuando la experiencia termina, ¿qué sucede? ¿Cómo se continúa? ¿Hacia dónde se va? Evidentemente, no hay un mismo proseguimiento para todos, al menos en un primer momento: algunos regresan a su vida habitual, retoman el trabajo donde lo dejaron, vuelven a ocuparse de las tareas domésticas, cuidar a hijos y nietos, jugar al fútbol; otros, en cambio, encuentran la inspiración para iniciar importantes proyectos, cambiar de ocupación, rehacer sus vidas, cada uno sin duda con un equipaje más enriquecido, pero no necesariamente compartiendo el mismo destino.
Sin embargo, a pesar de las diversas visiones y experiencias, llega para todos el día en que los pies comienzan a revolverse y a pedir volver a moverse con libertad, sin restricciones, en contacto con la sencillez de las cosas, porque si es verdad que, en realidad, nunca dejamos de caminar, es igualmente cierto que no siempre nos acordamos de ello... y afortunadamente existe un movimiento interno, independiente de nosotros, que nos invita a partir de nuevo.
"La vida es un viaje que debe hacerse a pie" (Chatwin)
Nunca sentados, exhortan algunos Maestros, porque quien no está en camino corre el riesgo de cerrarse al mundo, de perder la mirada en el horizonte, de no realizar sus propios sueños; pero no es necesario avanzar rápidamente sin disfrutar de las pausas, ni imponerse grandes logros sin dedicar tiempo al descanso, lo importante es no perder el placer de andar.
Y, de hecho, muchas son las historias de quienes lo vuelven a intentar, recorriendo el mismo tramo de camino u otro, hacia la misma dirección o una nueva, pero siempre motivados por el impulso original, un instinto que parece venir de lejos, innato. Tanto para quien ha recorrido muchos kilómetros con la mochila a la espalda, como para quien se permite algún paseo vespertino o una caminata dominical, tarde o temprano llega para todos el momento de volver a ponerse en camino.
Al fin y al cabo, caminar es el gesto más natural y más antiguo que utiliza el ser humano para desplazarse y experimentar el mundo, así que es natural que en cada uno de nosotros se sienta el llamado a estirar las piernas, a salir afuera, a vagar, a vivir plenamente.
Recuperar el sentido de las cosas
Desde el momento del nacimiento hasta cuando nos marchamos, cada uno de nuestros instantes marca el camino que hemos elegido seguir para intentar ser felices y dar sentido a nuestra existencia; es un camino hecho de pasos cotidianos, acompasados, pequeños y ligeros, pero también de zancadas, saltos y cambios repentinos.
Volver a ponerse en camino es soplar lejos los pesos que se han acumulado nuevamente, para recuperar la frescura y una nueva linfa, esa extraña sensación de paz que parece casi irreal, pero también simplemente para mirar, tocar y sentir, porque percibir es más importante que "formarse una idea", juzgar, pensar que el mundo es como otros nos lo han descrito, para re-aprender a soltar, recordarnos que no tenemos gran control sobre las cosas, que cada día algo se deshace y algo se crea.
Volvemos afuera, a la naturaleza, para alargarnos un poco la vida, pero sobre todo para hacerla más intensa, para atravesar las calles, rodear las casas y cambiar de perspectiva, prestar atención a los detalles, asombrarnos de nuevo y continuamente, rodearnos de belleza, acercarnos a lo sublime; sin prisa, escuchando cada latido del corazón, cada respira, agradecidos por estar vivos, por los sentimientos, las emociones, los pensamientos que se orientan hacia lo extraordinario.
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